Ni la cirugía lo cura todo
Ostras, piénsalo por un momento. Vas por una carretera comarcal, saliendo de una travesía rural, y de pronto te viene olor de faria. ¿Cómo? Ah, ese agüelo, el que va de paseo por el sol, seguro que está… sí, ahí, en el retrovisor, fumando. Y más adelante, al dar una curva, un bache de mal agüero hace que vuelvas a concentrarte para no pillarlo de pleno, que alrededor de los boquetes de Aragón siempre hay gravilla. A la vuelta, entrando por Malpica, sonríes al reconocer el olor a madalena de la fábrica de Panishop. Es todo tan intenso. Y ves en el primer semáforo de Santa Isabel cómo la chica del asiento derecho de un Mondeo pierde su mirada en el hastío de otro fin de semana más, sentada al lado de su maromo, que mira hacia afuera con una mirada similar. Sin embargo, al otro lado se te ha plantado un motero de cross, hasta las cejas de barro, que te sonríe y sale disparado en cuanto se pone verde. Los rostros de la gente enlatada siempre son serios, como de televidentes con regusto de cerveza al final del partido del domingo. Ya se escribió que viajar en coche es lo más parecido a encender la tele; ves pasar imágenes ante tus ojos, a través de esa otra pantalla que es el parabrisas, sin ningún tipo de implicación en circunstancias normales. Si llueve, no te mojas; pero tampoco recibes en tu cara el aire tibio cuando empieza a calentar el sol. No sientes nunca la temperatura exterior, ni la buena, ni la mala. Nunca una abeja te hará ver las estrellas si dejas tu visera levantada, ni notarás la entrada en una bolsa de aire más frío y húmedo cuando ruedes de noche en verano, en mangas de camisa… Es todo tan intenso. Es poner turbo a tus sentidos, con una repercusión directa en tu hipotálamo, en tu sistema hormonal, un masaje en el cerebro, una corriente de felicidad y a veces de espanto que te hace sentir VIVO.
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