La Escudería

Ráfagas y uves

Ni la cirugía lo cura todo

Sí, lo sé, ni siquiera la cirugía salvadora puede ser el remedio de todos los males. El mismo mal al que la cirugía ha pasado al olvido quizá no pueda tratarse de la misma manera en otro paciente. Cada mal, en cada paciente, tiene su cura.Vale, pues olvidémonos de hablar de “males” y de “remedios”. Vamos a avanzar más bien por el rollo de la medicina para la salud, medicina preventiva, que por ahí seguro que encontramos bondades universales. La higiene corporal, la higiene postural, la salud bucodental, el ejercicio moderado, la dieta mediterránea… ¡incluso esas tres copas de vino a la semana!, sí, todo eso nos viene bien a todos, a cualquiera de nosotros. Nos ayuda a vivir mejor y a disfrutar de nuestro cuerpo en nuestra vida. Sí, tiene mejor pinta.Y es que hoy me acordaba de ti, amigo, a horcajadas sobre mi moto, en una parada antes de bajar Paniza, con las manos frías a pesar del buenísimo día que nos ha tocado en suerte - a fin de cuentas es invierno… Al quitarme el casco y decir en alto “esto es la hostia”, rebosante de buen rollo y de autocomplacencia, tangibilizando la fortuna de tener una moto sobre la que ver pasar los kilómetros y caer el sol; de pronto he caído en que esas vitaminas que tanto bien me hacen, ese subidón de endorfinas que tengo al ver mi sombra proyectada en el asfalto, te podrían venir muy bien a ti también. Las vitaminas sí vienen bien a todos. Y se me ha metido en la cabeza que si viajar en moto me había rescatado del sofá plañidero y ayudado a encontrarme bien conmigo mismo, por qué no proponerte a ti que lo pruebes, que no tienes nada que perder, salvo, eventualmente, los piños. Sin embargo, lo que hay por ganar es mucho mejor que ganar la lotería, porque del dinero quizá disfrutes, quizá no; pero la moto es una apuesta ganadora. En el peor de los casos, si pruebas y no te va, siempre puedes vender la moto, perdiendo un par de cientos de euros, si la compraste de segunda mano…

Ostras, piénsalo por un momento. Vas por una carretera comarcal, saliendo de una travesía rural, y de pronto te viene olor de faria. ¿Cómo? Ah, ese agüelo, el que va de paseo por el sol, seguro que está… sí, ahí, en el retrovisor, fumando. Y más adelante, al dar una curva, un bache de mal agüero hace que vuelvas a concentrarte para no pillarlo de pleno, que alrededor de los boquetes de Aragón siempre hay gravilla. A la vuelta, entrando por Malpica, sonríes al reconocer el olor a madalena de la fábrica de Panishop. Es todo tan intenso. Y ves en el primer semáforo de Santa Isabel cómo la chica del asiento derecho de un Mondeo pierde su mirada en el hastío de otro fin de semana más, sentada al lado de su maromo, que mira hacia afuera con una mirada similar. Sin embargo, al otro lado se te ha plantado un motero de cross, hasta las cejas de barro, que te sonríe y sale disparado en cuanto se pone verde. Los rostros de la gente enlatada siempre son serios, como de televidentes con regusto de cerveza al final del partido del domingo. Ya se escribió que viajar en coche es lo más parecido a encender la tele; ves pasar imágenes ante tus ojos, a través de esa otra pantalla que es el parabrisas, sin ningún tipo de implicación en circunstancias normales. Si llueve, no te mojas; pero tampoco recibes en tu cara el aire tibio cuando empieza a calentar el sol. No sientes nunca la temperatura exterior, ni la buena, ni la mala. Nunca una abeja te hará ver las estrellas si dejas tu visera levantada, ni notarás la entrada en una bolsa de aire más frío y húmedo cuando ruedes de noche en verano, en mangas de camisa… Es todo tan intenso. Es poner turbo a tus sentidos, con una repercusión directa en tu hipotálamo, en tu sistema hormonal, un masaje en el cerebro, una corriente de felicidad y a veces de espanto que te hace sentir VIVO.

No comments yet. Be the first.

Leave a reply